Tras sobrevivir a Auschwitz-Birkenau, Ginette Kolinka elaboró una respuesta predeterminada para acallar a quienes le preguntaban por sus vivencias en el campo de exterminio nazi y sus horrores.
Tras sobrevivir a Auschwitz-Birkenau, Ginette Kolinka elaboró una respuesta predeterminada para acallar a quienes le preguntaban por sus vivencias en el campo de exterminio nazi y sus horrores. “Si tuviera un hijo, bueno, preferiría estrangularlo con mis propias manos antes que hacerlo pasar por lo que yo pasé”, les decía.
“Para mí, esa era una respuesta que lo decía todo”, afirma. Ahora, en el tramo final de una vida extraordinariamente larga y fructífera, la combativa mujer de 101 años, con una sonrisa fácil y generosa, se ha convertido en una poderosa guerrera contra el antisemitismo en Francia, al encontrar un propósito en compartir su conocimiento de primera mano sobre el odio asesino y la inhumanidad. Para que las lecciones del Holocausto no se olviden. Para que quienes sintonizan las incontables entrevistas que concede no puedan decir que no sabían de los campos de exterminio y del asesinato de 6 millones de judíos europeos a manos de los nazis y sus colaboradores. Para que los escolares, emocionados de conocer y escuchar a Kolinka, hereden y asuman el deber de la memoria. Kolinka atribuye a Steven Spielberg el haber contribuido a precipitar su decisión, hace 30 años, de empezar a hablar de las cicatrices mentales y físicas que enterró durante décadas, de la culpa del superviviente que la atormentaba, del arrepentimiento eterno por los besos de despedida que no pudo darle a su padre, Léon, y a su hermano Gilbert, de 12 años, antes de que los guardias nazis los enviaran a las cámaras de gas, y de tantas otras crueldades. Tras el estreno en 1993 de “La lista de Schindler”, Spielberg puso en marcha una fundación para recopilar testimonios de supervivientes del Holocausto. Cuando se puso en contacto con Kolinka, ella se mostró reticente y respondió que hablar con ella sería una pérdida de tiempo, relata en “Return to Birkenau” , sus memorias. Pero cuando el entrevistador de la fundación se sentó con ella en 1997, durante casi tres horas, los recuerdos empezaron a brotar. También las lágrimas. La fundación afirma que desde entonces ha recopilado más de 60.000 testimonios y que hay cada vez más. “Por primera vez, me vi obligada a pensar en ello otra vez”, escribe Kolinka en su libro, publicado en 2019. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Francia ocupada por los nazis deportó a 76.000 hombres, mujeres y niños judíos, en su mayoría a Auschwitz-Birkenau. Solo 2.500 sobrevivieron. A los dirigentes franceses les llevó 50 años reconocer oficialmente la implicación del Estado en el Holocausto, cuando el entonces presidente Jacques Chirac describió, en 1995, la complicidad francesa como una mancha indeleble en la nación. A través de sus libros, apariciones en medios y visitas a escuelas, Kolinka se ha convertido en la superviviente francesa de Auschwitz-Birkenau más destacada que queda. Según la Unión de Deportados de Auschwitz, un grupo de supervivientes con sede en París, solo siguen con vida unas pocas decenas, quizá menos de 30. Los alumnos no perdían palabra cuando Kolinka pasó recientemente por el instituto Marcelin Berthelot, al este de París, para contar su historia por enésima vez, con la presencia también de The Associated Press. Incluso la versión abreviada, condensada en unos 90 minutos, resulta dura de escuchar: desde su detención en marzo de 1944 hasta su regreso a Francia, esquelética y traumatizada, tras la rendición de la Alemania nazi en mayo de 1945. Describió cómo ella y otros judíos fueron hacinados en vagones de transporte de animales sin ventanas en París y la violencia y crueldad —con guardias nazis gritando órdenes y perros ladrando— que los recibió al otro extremo tres días después, en Auschwitz-Birkenau. En sus memorias, Kolinka cuenta que la primera palabra alemana que aprendió fue “¡Schnell!”, que significa “¡Rápido!” Los alumnos escuchaban en un silencio absoluto mientras Kolinka explicaba que los obligaron a desnudarse y cómo aquello fue una tortura para la recatada joven de 19 años que era entonces. “El odio de los nazis hacia los judíos era tal que buscaban cada detalle que pudiera hacernos sufrir, humillarnos”, manifestó. Luego, Kolinka se arremangó la manga izquierda para que los alumnos pudieran ver el número de identificación —78599— que un encargado del campo le tatuó en el antebrazo. “Los números de algunas personas les cubren todo el brazo”, comentó. “Pero yo tengo un numerito bonito.” Con el tiempo justo y quizá para no alimentar la imaginación de los jóvenes, Kolinka no les contó a los adolescentes que la mayoría de los 1.499 hombres, mujeres y niños transportados con ella a Auschwitz-Birkenau en el convoy número 71 desde París fueron asesinados al llegar. Kolinka formó parte de los cerca de 200 a quienes apartaron de las cámaras de gas y los crematorios para utilizarlos, en cambio, como mano de obra forzada. Como prisionera, Kolinka solía ver cómo descargaban los trenes que llegaban después, sabiendo que quienes iban a bordo pronto estarían muertos. Concentrada en sobrevivir, apagó sus emociones. “Me convertí en un robot”, les dijo a los alumnos. Tras su charla, un grupo de ellos se reunió alrededor de Kolinka para seguir conversando y hacer más preguntas, tratándola como a una estrella de rock, sin querer que el encuentro terminara. Nour Benguella, de 17 años, y Saratou Soumahoro, de 19, estaban eufóricas de admiración. Al mismo tiempo, recurrieron a la misma palabra para describir a Kolinka: “Extraordinaria”. “Una mujer increíble. Es maravilloso tenerla aquí delante de nosotros. Esta fuerza de su testimonio, su fortaleza mental”, expresó Benguella. “Mantener viva esta historia es lo único que nos permitirá no cometer los mismos errores”. ___ Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.
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